Restauramos la casa de mis abuelos piedra a piedra durante cuatro inviernos. Dejamos las vigas de castaño, los muros de un metro y la luz de la tarde entrando por el ventanal. Añadimos lo que hacía falta para descansar de verdad: colchones buenos, silencio y una chimenea que alguien enciende antes de que llegues.


